Pueblito navarro

Pueblito navarro

 Allá por el 88 nació mi tercer hijo y era la sexta casa que habitaba. En este caso nos había tocado desplazarnos a Navarra, concretamente a un pueblo llamado Cizur Mayor.

La vida pasaba como un vendabal que sólo percibía cuando me iba a dormir, pues era entonces cuando podía pararme y mirarme en el espejo para ver que tenía todos los pelos alborotados y cara de haber sobrevivido un día más. Mi familia estaba muy lejos de allí y en aquel pueblo no tenía amigos, pero eso no me amedrentaba pues todavía la juventud me daba fuerzas. Sin embargo, nunca me abandonaron las ansias de pintar, porque además de madre y superviviente era ARTISTA, así que cualquier momento era bueno para evadirme pintando.

Frente al parque donde jugaban y se desfogaban mis tres hijos estaba yo, sentada, con un ojo para ellos y otro para el papel sobre el que me disponía a dibujar. Así que con unos cuantos lápices de colores escolares empecé a plasmar lo que me alegraba la vista:

ese kiosco en el que aún tocaban música y que muchas veces rodeaban cientos de palomas que se perseguían unas otras sin cesar.

Había un par de grupos de árboles sembrados en fila, casi como si fueran a hacer una marcha militar, por un lado los puntiagudos, por otro, los redondos, como si el que los sembró supiera que iban a ser retratados. Y en todo el centro, otro, mucho mayor, que había crecido a sus anchas y que su forma la iban definiendo los golpes del viento y de la sequía.

Las casitas al fondo estaban dispuestas con perspectivas casi imposibles, que retan al ojo más listo. Tras ellas, la magnificencia de las montañas, rodeando y protegiendo al pueblo; las colinas más cercanas y bajitas estaban ya sembradas, pero las otras se veían inaccesibles y frías.

No teníaa mucho tiempo para copiar, teníamos que volver a casa para la cena… pero así quedó plasmada, la tarde en que con un ojo pude atrapar el pueblo y con el otro cuidar de mis tres ovejas…